Derecha, Izquierda...No menos causa de perplejidades es el tema de la izquierda y de la derecha, de si existen o ya no, de si se han encontrado a medio camino o todavía no. Hablamos de entidades que, al mismo tiempo, por su propia cuenta, parcieran querer camuflarse o autoaniquilarse o como mínimo ausentarse del imaginario colectivo, total o parcialmente. Ni siquiera se llaman a sí mismos "derecha" o "izquierda". Son ahora, respectivamente -salvo un núcleo duro situado en la extrema izquierda - de "centro derecha" y de "centro izquierda".
Se nos dice, se nos repite: "esas son nociones anticuadas, irrelevantes, sin sentido en el presente porque ha caido el muro de Berlín, el socialismo se fue a la cresta y no hay otro referente que el modelo de economía de mercado y a lo más algunas diferenc¡as de matices sobre cómo implementarlo..."
Cambios ha habido, es cierto, en ambas alas del espectro político. Ninguna de las dos expresiones significa ya lo mismo que significó y contuvo hace decenios o siglos atrás. El referente no es ya más, es cierto, el socialismo, ni para construirlo ni para combatirlo. Esa diferencia ha desaparecido, pero esto no implica el fin de todas las diferencias ni menos el principio motor que constantemente crea nuevas diferencias. Los abismos superados, los conflictos apagados, dan lugar y abren espacio para otros. La historia no se detiene. Nuevos problemas y encrucijadas nos obligan a elegir. Y esas elecciones inevitablemente se hacen o harán desde la vereda del interés, las ideas, las formas de cada quien y de cada grupo.
¿Cuáles interes, qué formación?
Contestar esto desde la izquierda es algo más difícil, pero eso no equivale a que la pregunta no tenga sentido. La vereda ya no es la del "socialismo científico" sino la de las "sensibilidades por los desposeídos". Eso hace alguna diferencia. También la historia particular de cada miembro de ese sector político: son hijos del rigor, de la pobreza, criaturas de clase media; algunos sufrieron apremios, otros tuvieron padres o madres admirables en su lucha y en el fondo de sus corazones aún alientan una actitud elemental de compasión o afecto por los débiles. Las dudas los acribillan , eso si: ¿hacen mal con apitutarse? ¿No estarán traicionando sus principios? ¿Hasta dónde aceptar o apoyar las soluciones de mercado? ¿Cuál es la alternativa?
En la derecha no hay tantas dudas. Las derechas de todas las épocas y lugares saben bien, siempre, lo que quieren; para ellos no es cuestión de doctrinas o modos teóricos a seguir o utopías que erigir, sino de privilegios y posiciones reales y concretos que defender a toda costa. Eso facilita y simplifica mucho las cosas. Determina por sí mismo los cursos de acción y los discursos apropiados para ese fin. Determina, en términos muy generales, una inclinación más o menos marcada a conservar lo que hay tal cual es y sin importar sus injusticias o defectos, por groseros que sean. Es esta una actitud normal de quienquiera se encuentre satisfecho de lo que es y/o tiene. Hay también, como elemento constitutivo de la cultura de la derecha en todas sus expresiones, una más o menos disimulada y a veces abierta y hasta proclamada indiferencia o desprecio hacia los de abajo. Dicha actitud a menudo cristaliza en una entera antropología y sociología; los de arriba son mejores que los de abajo, quienes por falencias personales están donde están y deben estar. La derecha, entonces, no tiene ni sufre dudas existenciales. Aun las más notorias evidencias de injusticia y abuso son reinterpretadas a la luz de algún aparato religioso a la mano que cumple dicha función y/ o son "tratadas" por aquella fracción -siempre presente en los sectores altos- de asistencialistas que con sus caridades al por menor liberan de carga moral a su entera clase. En el grueso y en lo principal de su acción, la derecha opera con el más rotundo, normalmente frío o -si la necesidad lo llama- ardoroso y bestial egoísmo. Pero en el discurso político debe, por cierto, manifestar otra cosa. No compra votos al desedeñar abiertamente al roterío y al pobrerío. Por eso la única elaboración doctrinaria que se le presenta abiertamente a la derecha es el camuflaje, el esconder su auténtica naturaleza como clase privilegiada, a menudo sustentada en colosales inequidades.
Más aún, aparte de las diferentes visiones que sustentan sobre la desigualdad, el financiamiento del Estado y otros asuntos vinculados al poder y el dinero, derecha e izquierda difieren radicalmente en casi todos los items de eso que la sitiuquería imperante llama "temas valóricos". En esto la izquierda tiende a asumir una actitud "progresista" que no pocas veces toma la forma de una indiscriminada aceptación, de tolerancia ilimitada, de disolución sin límites de los límites en el juicio acerca de lo alto, bajo, bueno y malo, de pérdida del sentido de las jerarquías en el sentido que le dio Ortega y Gasset al fenómeno de su ensayo "La rebelión de las masas", un total reblandemiento de las facultades críticas y una actitud general y facilona de suspenso de las funciones cognitivas más elevadas a favor de las funciones intestinales, emocionales, anales y hormonales.
A todo eso la derecha, con mucha impresición y aire de sabiduría empalagosa, lo llama "relativismo moral". Craso error. Relativismo es medir algo respecto o en relación a cierta norma y teniendo en cuenta el caso específico. Eso lo hacemos todos los días en toda clase de juicios. "Nos ponemos en cada caso". El pecado que la derecha llama relativismo es más bien su contrario, la típica ausencia de relaciones entre una cosa y otra del pensamiento "progre", su fuerte inclinación a agregar items al voleo, una cosa sobre la otra en colosal desorden y promiscuidad, sin jerarquías, sin discriminaciones, como si eso fuera prueba de tolerancia y amplitud de criterio cuando sólo lo es su falta y ausencia.
Pero si la actitud de la izquierda suele pecar de relajamiento y falta de rigor, al menos por lo mismo, entre mucha basura, a veces deja pasar y existir lo que puede valer la pena; la derecha en cambio peca de la más anodina y repelente estrechez mental y rechaza de plano, in vitro, todo aquello que pueda oler ahora o mañana a desafío del sistema vigente con sus poderes, sus discursos, sus significados.
¿Cómo entonces nos vienen con ese cuento de que no hay diferencias entre derecha e izquierda?
¿Quién y por qué quiere vendernos esa pomada?
¿A quién le interesa confundir más las cosas y mantenernos perplejos, confusos?